Frente a la inflación y la pérdida del poder adquisitivo, las plazas periféricas y los grupos vecinales de Facebook se transformaron en mercados de subsistencia. Mercadería por ropa, alertas por la garrafa social y bolsones comunitarios: la realidad cotidiana que sostiene a miles de familias y que pocos eligen ver.
Hay una economía que no cotiza en la bolsa, que no se refleja en los índices oficiales y que rara vez aparece en los portales de noticias. Es una economía silenciosa, cotidiana, impulsada casi en su totalidad por mujeres y que ocurre todas las tardes en las plazas de los barrios más alejados del centro de Alejandro Korn y Presidente Perón. Es el regreso del trueque y las ferias americanas de subsistencia, una red de contención vecinal que brotó con fuerza ante la imposibilidad de afrontar los precios de los supermercados tradicionales.
Cualquiera que camine las plazas de los barrios periféricos a partir de las tres de la tarde se cruzará con una escena repetida: gazebos improvisados, mantas en el suelo y percheros hechos con caños. Pero detrás de la ropa usada hay un mecanismo de intercambio mucho más profundo. Hoy, la tendencia en los grupos de Facebook de la región ya no es “vender”, sino trocar.
Cambiar un paquete de fideos por unas zapatillas
El fenómeno se replica con fuerza en plataformas digitales locales. En los comentarios de los grupos de compra-venta, el dinero en efectivo empezó a perder terreno frente a los alimentos no perecederos. “Cambio zapatillas de nene talle 28 por dos paquetes de yerba o un aceite”, “Tengo campera de abrigo, busco leche en polvo y puré de tomate”.
Esta dinámica, que emula las épocas más complejas de la historia económica argentina, funciona hoy sin tickets, sin tarjetas y sin controles. Es el intercambio directo por necesidad biológica: la ropa que a un chico ya no le queda se convierte de inmediato en la cena de esa noche.
La ruta de la garrafa social y los bolsones “cuidados”
Otro eslabón de esta realidad invisible es la desesperación por los servicios básicos. En las zonas de Alejandro Korn y Guernica donde todavía no hay gas natural de red, el precio de la garrafa es un golpe letal al bolsillo.
Ante esto, las redes sociales vecinales se convirtieron en un centro de monitoreo civil. Los vecinos se avisan en tiempo real, cuadra por cuadra: “Llegó el camión de la garrafa social a tal esquina, hay cuadra y media de cola”, “En tal almacén de barrio la cobran el doble, no vayan”. Lo mismo ocurre con las llamadas “compras comunitarias” de verdura: familias que se organizan para ir juntas al mercado central o a las quintas de la región profunda de San Vicente para comprar cajones de tomate o bolsas de papa y después repartirlos al costo.
El comercio de cercanía, en jaque
Esta realidad golpea de rebote a los pequeños comercios de los barrios. El almacenero de la cuadra, que históricamente bancó a los vecinos con el “fiado”, hoy ya no puede sostener esa libreta porque sus propios proveedores no le dan tregua con los precios. Al retraerse el consumo en los locales formales, las plazas y las veredas de las casas particulares se vuelven el único espacio de intercambio posible.
Esta es la vida comercial real en la periferia de nuestros distritos. Un entramado de supervivencia donde la solidaridad vecinal le gana a la crisis, y donde el valor de las cosas ya no se mide en pesos, sino en la necesidad concreta de poner un plato de comida sobre la mesa.


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